FEMINICIDIO: UN CONCEPTO EN EXPANSIÓN GLOBAL

1.1 El nacimiento del concepto

E
l nacimiento del término como constructo teórico es el resultado de un extenso y valioso trabajo de la academia feminista, en confluencia con los procesos de denuncia y visibilización del fenómeno que vienen sosteniendo movimientos feministas, familiares de víctimas del feminicidio y activistas de derechos humanos de todo el mundo. En la década de los noventa, académicas feministas anglosajonas introdujeron el concepto. Aunque femicide, como expresa Diana Russell, ha estado en uso desde hace más de dos siglos y apareció por primera vez en la literatura, en A Satirical View of London at the Commencement of the Nineteenth Century, para denominar “el asesinato contra una mujer (1)”. El Oxford English Dictionary, en su edición de 1989 documenta que la palabra femicide fue incluida en 1848 en el Wharton´s Law Lexicon de 1848.
Russell comenzó a publicar su teoría sobre el concepto a partir de 1990 pero ya había incursionado también como activista sobre esa forma extrema de violencia contra las mujeres en 1976, ante el Primer Tribunal Internacional de Crímenes contra Mujeres, celebrado en Bruselas (Russell, 1976) (2). Aquello, visto en perspectiva, se convirtió en un acontecimiento histórico y de vital importancia para la evolución que sufriría el concepto décadas después. Se trató de una auténtica expresión de empoderamiento feminista. En el Tribunal no hubo jueces, las mujeres que participaron cumplieron con el papel de juezas; rechazaron los conceptos patriarcales que se utilizaban para definir la violencia contra mujeres y se atrevieron a nombrar aquellos crímenes vinculados a todas las formas de opresión femenina. Como sostiene Elena Laporta Hernández: “…muchos de los crímenes que allí se denunciaron no eran considerados como tales en las legislaciones patriarcales. Se basaba en la idea de que las personas oprimidas tienen el derecho a desvincularse de aquellas definiciones de los crímenes que han sido desarrollados por sus opresores para servir a sus propios intereses (3)”.
El Tribunal se celebró sin la intervención de gobiernos ni partidos políticos y convocó a mujeres de diversas partes del mundo que testificaron y denunciaron sus experiencias de opresión y violencia machista. Se reunieron alrededor de 2.000 mujeres de 40 países y cubrieron los costes del viaje y la celebración de forma autónoma, sin ayudas institucionales. “Muchas tuvieron problemas para reunir el dinero, otras tantas fueron alojadas en albergues para jóvenes (…) Y grandes medios periodísticos como Time o Newsweek no publicaron una sola línea sobre el evento a pesar de que contrataron a mujeres reporteras y fotógrafas para cubrirlo (4)”.
El acto de apertura del Tribunal contó con las palabras de Simone de Beauvoir (quien no asistió pero lo apoyó): “Este encuentro feminista en Bruselas intenta que nos apropiemos del destino que está en nuestras manos”. La filósofa y escritora francesa lo consideró “el principio de la descolonización radical de las mujeres (5)”.
Diana Russell y Jane Caputi dieron a conocer el término femicide en el artículo Speaking the Unspeakable, publicado originalmente en la revista Ms. (1990): “es el asesinato de mujeres realizado por hombres motivado por odio, desprecio, placer o un sentido de propiedad de las mujeres”. En 1992, Diana Russell y Jill Radford lo definieron como “el asesinato misógino de mujeres cometido por hombres”. Las autoras clasifican las distintas formas de violencia machista que padecen las mujeres y que se manifiestan con un creciente terror sexual. Señalan que estos actos violentos que acaban con el asesinato o muerte de las mujeres son feminicidios:

El feminicidio representa el extremo de un contínuum de terror anti-femenino que incluye una amplia variedad de abusos verbales y físicos, tales como: violación, tortura, esclavitud sexual (principalmente la prostitución), abuso sexual infantil incestuoso o extra-familiar, golpizas físicas y emocionales, acoso sexual (por teléfono, en las calles, en la oficina, y en el aula), mutilación genital (clitoridectomía, escisión, infibulación), operaciones ginecológicas innecesarias (histerectomías), heterosexualidad forzada, esterilización forzada, maternidad forzada (por la criminalización de la contracepción y del aborto), psicocirugía, negación de comida para mujeres en algunas culturas, cirugía plástica y otras mutilaciones en nombre del embellecimiento. Siempre que estas formas de terrorismo resultan en muerte, se convierten en feminicidios (6).

Las autoras sostienen que los hombres que ejercen violencia, deliberada o no, lo hacen para preservar la supremacía masculina. Se trata de un concepto político que permite visibilizar la posición de subordinación, desigualdad, marginalidad y riesgo en la que se encuentran las mujeres por el simple hecho de ser mujeres.

1.2 La evolución del concepto en América Latina

L
a evolución del término feminicidio-femicidio se ha dado con especial relevancia en América Latina. En dicha región, de tres décadas a esta parte, se ha sostenido un debate académico sobre la pertinencia de la utilización de la traducción como femicidio o feminicidio, los alcances de su definición teórica y las distintas representaciones o tipos de feminicidio. Si bien el concepto feminicidio, por el aporte de Marcela Lagarde está relacionado con la impunidad y la responsabilidad del Estado en los crímenes de género, mientras que en el femicidio, la impunidad no es un componente de su definición según Ana Carcedo, ambas conceptualizaciones elevaron el nivel del debate académico y posibilitaron su aplicación jurídica en la región. El feminicidio fue tipificado en 15 países de América Latina a lo largo de la última década: Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Perú, República Dominicana y Venezuela. En tanto que Argentina estableció el homicidio agravado por razones de género en su legislación.
Como se expresa anteriormente, dos corrientes teóricas se manifestaron en paralelo, atendiendo a la búsqueda de marcos de referencia o de análisis para un problema estructural. Por un lado, en México el concepto fue introducido por Marcela Lagarde en 1994. Continuó con la línea de Diana Russell, castellanizó femicide como feminicidio y refundó el término. La antropóloga, académica y activista mexicana ocupó el cargo de diputada federal del Congreso Mexicano entre 2003 y 2006 y presidió la Comisión Especial para Conocer y Dar Seguimiento a las Investigaciones Relacionadas con los Feminicidios en la República Mexicana (7). Desde allí realizó una intensa labor de documentación de cifras de asesinatos de mujeres y durante su gestión el tema fue prioritario en la agenda parlamentaria de México. Lagarde, como ella misma explica, transitó de femicidio a feminicidio porque en castellano femicidio es una voz homóloga a homicidio y sólo significa asesinato de mujeres. Así lo define:

El feminicidio es el genocidio contra mujeres y sucede cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales que permiten atentados contra la integridad, la salud, las libertades y la vida de las mujeres. En el feminicidio concurren en tiempo y espacio, daños contra mujeres realizados por conocidos y desconocidos, por violentos, violadores y asesinos individuales y grupales, ocasionales o profesionales, que conducen a la muerte cruel de algunas de las víctimas. No todos los crímenes son concertados o realizados por asesinos seriales: los hay seriales e individuales, algunos son cometidos por conocidos: parejas, parientes, novios, esposos, acompañantes, familiares, visitas, colegas y compañeros de trabajo; también son perpetrados por desconocidos y anónimos, y por grupos mafiosos de delincuentes ligados a modos de vida violentos y criminales. Sin embargo, todos tienen en común que las mujeres son usables, prescindibles, maltratables y desechables. Y, desde luego, todos coinciden en su infinita crueldad y son, de hecho, crímenes de odio contra las mujeres (8).

Lagarde redefine y sobre todo resignifica el término incorporando un elemento que lo coloca en el centro del debate: la impunidad. Se trata de una fractura del Estado de derecho que favorece la impunidad: “El feminicidio es un crimen de Estado (9)” según Lagarde, y apunta a que el Estado tiene responsabilidad en la prevención, tratamiento y protección de las mujeres ante la violencia machista y debe garantizar la libertad y la vida de las mujeres. La ausencia de sanciones y de castigo a los asesinos coloca al Estado como responsable por acción u omisión del feminicidio. Para Lagarde, el feminicidio se manifiesta en tiempos de guerra y en tiempos de paz y está alimentado por la desigualdad de género, “no sólo social y económica” sino también “jurídica, política y cultural”. Asocia el feminicidio a la cosificación del cuerpo de las mujeres que las vacía de sus derechos como “humanas”. Y también lo vincula a la feminización de la pobreza:

Está ahí la pobreza que se extiende cada día para la mayoría de las latinoamericanas, violencia cuya clasificación se ha sofisticado en pobreza económica, pobreza alimentaria, pobreza extrema, entre otras, que convierte la miseria en vida cotidiana. Está entre nosotros la terrible feminización de la pobreza. Aún se presenta en nuestras tierras la muerte de mujeres y niñas por hambre, enfermedades curables, y complicaciones en la atención de embarazos, partos, abortos y puerperios. No amaina, desde luego, la violencia jurídico política que conculca la ciudadanía plena a todas las mujeres (10).

Marcela Lagarde deja claro que la violencia de género y el feminicidio constituyen un problema político y su tratamiento y resolución son una asignatura pendiente de los Estados actuales.
Otra de las grandes exponentes teóricas del feminicidio en México es la socióloga Julia Monárrez Fragoso. Oriunda de Ciudad Juárez, ha dedicado la última etapa de su vida a estudiar, investigar y teorizar sobre el concepto. Monárrez ha conseguido brindar nuevas herramientas de análisis, documentación y registro sobre los distintos tipos de feminicidio. Su trabajo resulta clave para descifrar las atrocidades que encierran los asesinatos de mujeres de Ciudad Juárez, la impunidad del Estado mexicano y la falta de respuesta de las autoridades ante el creciente avance del narcotráfico. Ha obtenido respuestas teóricas y prácticas sobre los crímenes de mujeres y niñas con la base de datos del feminicidio en Ciudad Juárez y extiende su significado de esta manera:

El análisis del feminicidio puede presentar algunos problemas con relación a la obtención de los datos. Los inconvenientes incluyen el desconocimiento del número exacto de mujeres asesinadas, las causas o motivos que propiciaron esta clase de muertes y la poca confiabilidad de las estadísticas. Esto es así porque las estadísticas nacionales no registran el motivo, la relación entre la víctima y el victimario, ni las diferentes violencias que sufrieron las mujeres antes de ser asesinadas, como tampoco su domicilio o el lugar donde fue encontrado el cadáver. Ante tal situación, es necesario buscar métodos alternativos para poder entender el feminicidio con mayor precisión (11).

Monárrez desvela la importancia de documentar y registrar las cifras aunque estas se obtengan de fuentes no oficiales como periódicos o familiares de víctimas. Demuestra que la ausencia del registro de feminicidios es la punta de un iceberg: el Estado encubre o tolera los crímenes y el encadenamiento de la falta de cifras continúa con la falta de investigación de los asesinatos, la deficiente procuración de justicia, la no reparación de las víctimas, un rompecabezas que confirma la impunidad generalizada en países de América Latina como México, Guatemala, Honduras y El Salvador. Por otro lado, su base de datos permite discriminar los feminicidios de los asesinatos de mujeres, es decir, aquellos, en los que, según lo que sostiene Russell: “el género femenino de una víctima es irrelevante para el perpetrador. Por ejemplo, un varón armado que dispara y mata a los propietarios, hombre y mujer, de un supermercado en el transcurso de su crimen, no ha cometido un feminicidio (12)”.
La base de datos de Julia Monárrez incluye tres tipos de feminicidio: íntimo, que a su vez, se subdivide en feminicidio infantil y familiar. Luego acuña dos nuevos tipos: feminicidio sexual sistémico, subdividido en organizado y desorganizado. Y feminicidio por ocupaciones estigmatizadas (entre ellas, la prostitución).

Feminicidio sexual sistémico: es el asesinato de mujeres que son secuestradas, torturadas y violadas. Sus cadáveres, semidesnudos o desnudos son arrojados en las zonas desérticas, los lotes baldíos, en los tubos de desagüe, en los tiraderos de basura y en las vías del tren. Los asesinos por medio de estos actos crueles fortalecen las relaciones sociales inequitativas de género que distinguen los sexos: otredad, diferencia y desigualdad. Al mismo tiempo, el Estado, secundado por los grupos hegemónicos, refuerza el dominio patriarcal y sujeta a familiares de víctimas y a todas las mujeres a una inseguridad permanente e intensa, a través de un período continuo e ilimitado de impunidad y complicidades al no sancionar a los culpables y otorgar justicia a las víctimas. Se divide en las subcategorías de organizado y desorganizado y toma en cuenta a los posibles y actuales victimarios (13).

Feminicidio por ocupaciones estigmatizadas: las mujeres son asesinadas por ser mujeres. Sin embargo, hay otras mujeres que lo son por la ocupación o el trabajo desautorizado que desempeñan. Bajo este criterio se encuentran aquellas que trabajan en bares y en centros nocturnos. Ellas son las bailarinas, las meseras y las prostitutas (14).

Otra de las corrientes teóricas se desarrolló en Centroamérica, de la mano de las sociólogas costarricenses Ana Carcedo y Montserrat Sagot. Carcedo fue una de las fundadoras del Centro Feminista de Información y Acción (CEFEMINA), en 1981, con sede en San José de Costa Rica, pionero en la región por desarrollar un programa de atención a mujeres maltratadas. En este campo elaboró y sistematizó la metodología de Grupos de Autoayuda. Ambas autoras combinaban el trabajo académico con el activismo político feminista. Conocer e involucrarse en casos extremos de violencia de género a través de los grupos de mujeres las llevó a reparar sobre los estragos que provoca la violencia ejercida por los hombres. En 1992 leyeron el ensayo Femicide. The Politics of Woman Killing, que acababan de publicar Radford y Russell, y en él se inspiraron para realizar una investigación sobre los asesinatos de mujeres en Costa Rica:

Como lo plantean las autoras Jill Radford y Diana Russell, al llamar a estas muertes de mujeres femicidio, se remueve el velo oscurecedor con el que las cubren términos “neutrales” como homicidio o asesinato. El concepto de femicidio es también útil porque nos indica el carácter social y generalizado de la violencia basada en la inequidad de género y nos aleja de planteamientos individualizantes, naturalizados o patologizados que tienden a culpar a las víctimas, a representar a los agresores como “locos”, “fuera de control” o “animales” o a concebir estas muertes como el resultado de “problemas pasionales”. Estos planteamientos, producto de mitos muy extendidos, ocultan y niegan la verdadera dimensión del problema, las experiencias de las mujeres y la responsabilidad de los hombres. Es decir, el concepto de femicidio ayuda a desarticular los argumentos de que la violencia de género es un asunto personal o privado y muestra su carácter profundamente social y político, resultado de las relaciones estructurales de poder, dominación y privilegio entre los hombres y las mujeres en la sociedad (15).

Carcedo utiliza una versión del concepto de femicidio planteado por las anglosajonas y lo acota a las muertes violentas o asesinatos de mujeres a manos de hombres. A su vez también desarrolla una tipología propia para discriminar los femicidios de los homicidios de mujeres (aquellos en los que no median las razones de género como causa de asesinato). La clasificación ofrecida por Carcedo en colaboración con Montserrat Sagot en su trabajo de investigación y recopilación de cifras en Femicidio en Costa Rica 1990-1999 (16), incluye tres tipos como los que formula Diana Russell, femicidio íntimo, no íntimo y femicidio por conexión. También resulta enriquecedora entre la diversidad de interpretaciones y definiciones sobre el concepto feminicidio, la propuesta de la antropóloga argentina, Rita Laura Segato, crear la categoría de femi(geno) cidio que pueda ser utilizada tanto en el ámbito nacional como en el internacional, partiendo de los requisitos exigidos por la normativa internacional para el genocidio. Segato es una estudiosa de las nuevas formas bélicas, no convencionales, informales, aquellas que “no contemplan ni uniformes ni insignias o estandartes, ni territorios estatalmente delimitados (17)”. Estas nuevas modalidades de guerras entre bandos, mafias y fuerzas paraestatales, según Segato, deben ser tenidas en cuenta por el derecho internacional. No se trataría de crímenes de motivación sexual, sino de crímenes en el que los cuerpos de las mujeres son objeto de tortura y de destrucción. Así define su propuesta:

Para esto, es necesario considerar aquellos crímenes de naturaleza impersonal, que no pueden ser personalizados ni en términos de una relación entre personas conocidas ni de los móviles del perpetrador, y, lo que es muy relevante, en los que un grupo restricto de perpetradores victiman a numerosas mujeres (u hombres feminizados). Se excluye de esta categoría la relación de uno a uno que mantienen los crímenes de contexto interpersonal o vinculados a la personalidad del agresor. Por lo tanto, una segunda precisión indispensable será reservar el término femigenocidio, que aquí introduzco por primera vez, para los crímenes que, por su cualidad de sistemáticos e impersonales, tienen por objetivo específico la destrucción de las mujeres (y los hombres feminizados) solamente por ser mujeres y sin posibilidad de personalizar o individualizar ni el móvil de la autoría ni la relación entre perpetrador y víctima.

De esta forma, destinaríamos la categoría feminicidio a todos los crímenes misóginos que victiman a las mujeres, tanto en el contexto de las relaciones de género de tipo interpersonal como de tipo impersonal, e introduciríamos la partícula “geno” para denominar aquellos feminicidios que se dirigen, con su letalidad, a la mujer como genus, es decir, como género, en condiciones de impersonalidad (18).
La palabra feminicidio forjó en el sur del planeta otros significados y desciframientos a partir de la definición que le dieron Russell y Radford. Los feminismos latinoamericanos no tardaron en desterrar la falsa idea de que el término había sido implantado como una mera traducción. Las académicas y activistas Rosa-Linda Fregoso y Cynthia Bejarano (19) lo explican así:

Es más acertado decir que en el proceso de pedir prestado el concepto y adaptarlo a las circunstancias locales, hemos generado interpretaciones nuevas sobre el feminicidio. De esta manera, el concepto resalta ‘las historias locales’ de la reflexión teórica por parte de investigadoras, defensores de derechos humanos y la justicia de género, testigos y sobrevivientes y juristas latinoamericanas, latinas y de Estados Unidos, a medida que entramos en contacto con cuerpos de conocimiento elaborados en otros lugares.

En una etapa posterior el concepto atravesó las barreras de la cultura popular y se empezó a usar en los medios de comunicación. La palabra también fue y es, inspiración y motor de la creación artística, entre ellas, la literatura, pintura, escultura, fotografía, documentales, cine de ficción, series, cómics… ampliaron los imaginarios discursivos y reforzaron su uso.
A lo largo de las dos últimas décadas feminicidio y femicidio sacudieron el segundo idioma más hablado del planeta y consolidaron su uso en calles, casas, bibliotecas, aulas, redacciones, parlamentos, juzgados, morgues en América Latina (donde habitan más de 300 millones de personas hispanohablantes) y la gran red, internet, antes de que lo legitimara la docta y Real Academia Española en su diccionario, en el año 2014.
Referencias

(1) Diana Russell (2005): “Definición de feminicidio y conceptos relacionados”, en Feminicidio, justicia y derecho, México, Comisión Especial para Conocer y Dar Seguimiento a las Investigaciones Relacionadas con los Feminicidios en la República Mexicana y a la Procuración de Justicia Vinculada.

(2) Diana Russell (1976): The proceedings of the International Tribunal on Crimes against Women, Frog in the well, California.

(3) Elena Laporta Hernández (2015): “Evolución del concepto. Un anglicismo que se desarrolló en América Latina”, en Atencio, G. (ed.) Feminicidio. El asesinato de mujeres por ser mujeres, FIBGAR, Catarata, Madrid, p. 65.

(4) Ibídem, p. 65.

(5) Su presentación escrita está recogida en el prefacio de The proceedings of the International Tribunal on Crimes against Women, op.cit.

(6) Jill Radford y Diana E. H. Russell (eds.) (1992), Femicide: The Politics of Woman Killing, Twayne, New York.

(7) Marcela Lagarde (2006): “Introducción”, en Feminicidio: una perspectiva global, México, Diana Russell y Roberta Harmes editoras, Comisión Especial para Conocer y Dar Seguimiento a las Investigaciones Relacionadas con los Feminicidios en la República Mexicana y a la Procuración de Justicia Vinculada, México.

(8) Marcela Lagarde (2008): “Antropología, feminismo y política: violencia feminicida y derechos humanos de las mujeres”, en Margaret Bullen y Carmen Díez Mintegui (Coord.), Retos teóricos y nuevas prácticas, Ankulegi Antropologia Elkartea, España, p. 216.

(9) Ibídem, p. 216.

(10) Marcela Lagarde (2005): “El feminicidio, delito contra la humanidad”, en Feminicidio, justicia y derecho, México, Comisión Especial para Conocer y Dar Seguimiento a las Investigaciones Relacionadas con los Feminicidios en la República Mexicana y a la Procuración de Justicia Vinculada, México.

(11) Julia Monárrez (2010): “Las diversas representaciones del feminicidio y los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, 1993-2005”, en Julia Monárrez, et.al., Violencia contra las mujeres e inseguridad ciudadana en Ciudad Juárez, Vol. II, Violencia infligida contra la pareja y feminicidio, El Colegio de la Frontera Norte y Miguel Ángel Porrúa Editores, México.

(12) Diana Russell (2006): “Definición de feminicidio y conceptos relacionados”, en Diana Russell y Roberta Harmes, editoras, Feminicidio: una perspectiva global, Comisión Especial para Conocer y Dar Seguimiento a las Investigaciones Relacionadas con los Feminicidios en la República Mexicana y a la Procuración de Justicia Vinculada, México.

(13) Julia Monárrez (2010) Tipos de feminicidio, Glosario del Colegio de la Frontera Norte (COLEF).

(14) Ibídem

(15) Ana Carcedo y Montserrat Sagot (2000), Femicidio en Costa Rica, 1990-1999, Organización Panamericana de la Salud, Programa Mujer, Salud y Desarrollo, San José, Costa Rica.

(16) Ibídem.

(17) Rita Laura Segato (2013): “Feminicidio y femicidio: conceptualización y apropiación”, disponible en: http://seminariodefeminismonuestroamericano.blogspot.com.es/2013/05/feminicidio-y-femicidio.html

(18) Rita Laura Segato (2012): “Femigenocidio y feminicidio: una propuesta de tipificación”, disponible en: http:// www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-49/femigenocidio-y-feminicidio-una-propuesta-de-tipificacion

(19) Rosa-Linda Fregoso y Cynthia Bejarano (Ed.) (2011): Feminicidio en América Latina, UNAM, México, p. 50.